Llegaba todos los días a aquella cafetería, añeja, tradicional, a la misma hora de siempre, a la hora que solía ir con ella.
El aroma del café inunda toda la estancia, las mesas repartidas estrechamente y las personas, cada una, en su ritual matutino, el desayuno.
La gente parlotea bulliciosa, algunos miran su periódico relajados, otros al apuro terminan su jugo de fruta y el ambiente cotidiano detiene el tiempo en aquel lugar, en una época colonial, ilustre y olvidada.
Y cómo llegué a aquel lugar? cómo llegué a ser una pieza de aquel collage de personajes e historias? la respuesta siempre es ella.
Nunca se me dió por entrar, aunque era un lugar muy popular y tenía mucha clientela.
Pasaba un día por aquella callejuela donde se ubicaba, y entre toda esa muchedumbre vi una silueta femenina que resaltaba como una luz en la oscuridad, como la luz del crepúsculo cuando termina el día o como la luz fulgurante del primer lucero de la noche, allí nació la historia de mi vida.
Aquel día la miré de pasada dentro de aquella cafetería a través del cristal, y como si de algo efímero se tratase, continué con mi caminar, pensativo y sombrío, así eran mis días.
Transcurrió un septenario y volví a pasar por aquel lugar, a la misma hora, como algo sintónico, como un déjà vú, y si, allí estaba ella de nuevo, sola, pero no menos resplandeciente, y en ese momento, ella se metió en mi pensamiento, el simiente se colocó en aquella parte de mi cerebro que controla las emociones, los recuerdos, el amor.
Lo planeé toda la noche, llegaría a su mesa, me sentaría junto a ella y luego de pedirle amablemente el salero, para romper el hielo, me presentaría y le pediría su nombre, luego todo fluiría, nada mas normal que eso.
Llegué a la hora planificada, ella ya estaba allí en su mesa, como todos los días. Luego de fingir buscar un asiento disponible entre todas las mesas del lugar, me dirijo a la suya, me acerco y le pido permiso para sentarme en la mesa, levanta su mirada y me golpea con aquella luz de su mirar, aprueba mi compañía y continúa con su café, yo en cambio, totalmente desarmado y con los planes por el piso, no atino a decir ni una sola palabra ni un solo monosílabo, nada, solo atiné a decir aquel "gracias" cuando se levantó y me dijo "buen provecho", nada mas patético que yo.
A los dos días volví a intentarlo, nuevamente no pude decir nada, sin embargo la pude ver de cerca una vez mas, imposible describirla pero era perfecta, tenía una pequeña cicatriz en el pómulo derecho que combinaba perfectamente con el color café de sus ojos y el matiz de sus cejas. Tenía un par de lunares en su mentón izquierdo que decoraban sus labios insuperables.
Parecía que una vez mas volvería derrotado, frustrado, así lo creía hasta que escuché su voz hablándome, me volví hacia ella y respondí el comentario, se rompió aquel silencio glaciar y todo empezó a fluir, al fin.
Fueron semanas de conocernos, día tras día, el sitio de encuentro era allí, en aquel café, mismas personas, diferentes personas, mismos meseros, diferentes historias, todos cómplices de dos almas vivientes que se iban convirtiendo en una sola, así lo sentíamos.
Empezamos a salir, a vernos a escondidas de aquella cafetería, a pesar de que el ritual matutino del café era inexorable en las mañanas, en el resto del día manteníamos el contacto y gracias a que nuestras actividades laborales estaban cercanas, nos veíamos a lo largo del día. Al concluir la jornada una salida al cine o simplemente conversar en el patio de su casa eran la mejor manera de finalizar el día, era perfecto.
Nos separamos.
Nos separamos no porque existiese alguien mas en nuestras vidas, sino mas bien porque nuestras formas de amar no eran similares, algo así como el cóncavo y convexo pero en sentido contrario, cuando las piezas no encajan.
A pesar de ello, nos seguimos viendo en aquella cafetería, día tras día, como si aún estuviésemos juntos, el sonido de la máquina del café, el bullicio, los olores de sabores, ella, su sonrisa, perfección.
La amaba.
Añoraba estar allí en las mañanas, con ella, porque contrario a las mañanas, a lo largo del día ya nada era igual, ella ya no estaba, las pocas veces que coincidíamos en lo laboral saludábamos como dos extraños y al final del día ya no tenía sus manos junto a las mías.
Pasaron meses así, claro que ya no la veía a lo largo del día, pero era feliz con lo poco que me daba en las mañanas, el café y su mirada eran mi elixir de vida, pero sabía que algún día llegaría alguien a arrebatarme aquella vida, y así fue.
Entendí que todo terminó cuando una mañana ella no llegó a la cafetería. Allí estaba yo, sentado en aquella mesa, solo, aún disfrutaba el aroma del café envolviéndolo todo, por supuesto que si, pero ya no era perfecto.
Los faroles interiores, las mesas pulcras con su salero y su recipiente de azúcar, las servilletas, los meseros merodeando por los pasillos y el aroma del café, todo me recordaba a ella día tras día, semana a semana, mes a mes, que fui a aquella cafetería.
Cierta mañana, mientras tomaba mi café ensimismado en viejas memorias, recuerdos, se acercó alguien a mi mesa. Ella me pidió permiso para acompañarme a lo cual asentí.
- me puedes pasar el salero por favor??
- gracias, mi nombre es Liliana, y el tuyo??
y todo volvió a fluir.
.........Déjà vú.



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